De los recuerdos
no me
salvo.
Pero:
nunca nadie
edita
mejor
que
yo
lo que
quiero,
y como
debo
recordarlo.
Y eso
hace
que viva
bien,
que aprenda
poco
y dañe
mucho.
A mí
y a los
demás.
Es el
precio
que gustoso
pago
para
no ver
algunas
fotos
espantosas
que la Vida
se divirtió
en
sacar.
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